EL GENERAL MORAZAN MARCHA A LA BATALLA DESDE LA MUERTE
Julio Escoto
En El General Morazán marcha a batallar desde la muerte, el autorimagina lo que pudo pasar por la mente del héroe de la unión centroamericana a partir del instante en que la mortífera descarga acaba con su vida. La primera parte posee gran empuje creativo. Escoto no se limita a consignar el dato histórico. Sin traicionarlo, lo recrea. Esas páginas y otras tantas incluidas en las tres restantes partes construyen a un personaje literario de gran riqueza interior
Así, en tres minutos y fracción, que supuestamente se cubren en los cuatro capítulos, Morazán reconstruye los principales acontecimientos de su vida. Surge, entonces, un retrato del héroe cargado de humanidad. Un Morazán que añora no haberle dedicado más tiempo a la contemplación de un atardecer o al suave deleite de la vida hogareña. Que revive la tersura de un brazo femenino. Que se eleva a alturas metafísicas planteándose la muerte como un eterno retorno. Que, inclusive, tiene la grandeza de la autocrítica:
Su existencia, lo entendía ahora meridiana mente, había tenido un signo cósmico desde los inicios, uno en que estaba obligado a prodigarse a los demás, en que debía asumir los riesgos del sacrificio a cada instante para dejar entre los hombres la justicia de una idea, el principio dela libertad. Su error había consistido en suponer que las causas se imponen, que los sistemas son la manifestación más noble de la ambición popular y que defendiendo una forma de gobierno los centroamericanos lograrían la felicidad. Empezaba a comprender que materialmente su misión había sido un fracaso -las naciones estaban hoy más divididas que nunca- y era entonces que se daba cuenta de quehabía desviado la mira de sus propósitos: la libertad no se injertaba, aprendió, tenía que ser plantada lenta, amorosamente desde el suelo más fértil de la sociedad: la mente de los seres humanos.
Mientras tanto, el General Morazán marcha al patíbulo, va a caballo de Cartago a San José, prisionero de quinientos josefinos traidores a la federación. Pero no va solo; lo acompañan su hijo José Francisco y sus amigos más leales: José Antonio Vigil y Vicente Villaseñor, quien la noche anterior intentó suicidarse para no sufrir la vergüenza de morir inerme frente a sus enemigos. Otro amigo no menos querido, el General José Miguel Saravia, se envenenó ingiriendo medio dracma de estricnina antes de ver muerto a su general.
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Inicialmente hubo un Como ruido de cataclismo como si doscientos de sus Dragones de a caballo se despeñaran en los abismos de Quetzaltenango o, finalmente, como si el mar rebosara su estrecha fuente de plata y arena y desbordar los límites de Su contenido navegación.
Luego, la primera imagen que saltó a la mente del General hondureño José Francisco Morazán Quezada fue la intensa muchedumbre que se había congregado a las 5 de la tarde frente al portón de la casa de gobierno y que lo había visto dirigirse a la Tapia de la Plaza de Armas con la frente en alto, su levita mustia y trasnochada, solitario en el camino de la muerte como si Únicamente lo acompañara a la sombra de su propio destino a lo guardará ahí la última esperanza de la salvación.
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El general salvadoreño Vicente Villaseñor estaba ahí con él en realidad un poco antes que él en este extraño espacio cargado de Electricidad y vaporoso en que acababa de penetrar pensó si ésta sería la muerte pues sólo la muerte tendría la posibilidad de procurarle el reposo en que ahora sentía que se empantana va y que le había faltado en el tumultuoso derrumbe de sus últimos dos años de vida Centroamericana.
El general Morazán pensaba que moría. este desorden en renos o en que se le desmoronaba la mente, ese desperdigamiento de sensaciones como si se le jugará la memoria en el remolino caliente de una bala de 24, aquel caer y flotar a la vez sin hostilidad y sin dolor era sus células que desfallecía y se apretaban Unas con otras comunicándose el último resto de oxígeno del cerebro, reacias a desaparecer, urgidas de tras pasarse la conciencia de las cosas que habían guardado y acumulado antes de doblarse sobre sí mismas y arrugarse y marchitarse ya sin esperanza de redención.
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Morazan comprendía que moría y que esa suspensión en que parecía sobrenadar ya sin presunción y sin apuro era solamente la necesidad del tránsito, el vértice inasible de la fractura la póstuma eclosión del tallo que se rompe y se des cadena antes de desprenderse de la flor.
Morazan sabía que moría. Extraña mente, podía contemplarse a sí mismo doblado inconexa mente sobre la calle junto a Villaseñor, el que había caído con una bala alzada sobre el banquillo de ejecución. Podía ver en su cuerpo las cicatrices que le había dejado un tiro al brazo durante la batalla del Espíritu Santo, en El Salvador el 6 de abril de 1839, y la otra que le había impedido en el rostro los costarricenses.
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Casi podía evaluar ya su experiencia terrena, si no fuera por estas súbitas convulsiones con que su espíritu todavía parecía retroceder para tornar a la vida humana y sumarse al combate que desplegaban sus moléculas, cada vez más tenues y débiles y cuarteadas. No deseaba Volver al círculo de los hombres, al Vendaval del fuego, de odio y metralla en que había tenido que desenvolver se durante las décadas anteriores.
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Luego, esto que le estaba ocurriendo y cuyo final ya casi podía visualizar dentro de la Esfera del tiempo Perpetuo que lo envolvía, le entregaba la llave de una virtuosidad milagrosa con su condición de hombre jamás se le hubiera podido proporcionar: podía encontrarse dentro y fuera de su cuerpo al mismo tiempo. Todo era tan confuso tan accidental sin embargo tenía la plena conciencia, la certeza Sagrada de que en ello carecía de valor alguno el azar. Estaba seguro de que las viviendas que lo asaltaban tan repentinamente poseían su propia razón de ser, obedecían a una secuencia natural incluso plácida y reconfortante, una que le permitía presenciar el dolor con qué batalla van las últimas fuerzas de sus organismos, hay abajo en la calle semioscura de San José, y a la vez estar cierto de que ese dolor pronto habría de César y que abriría paso a la serenidad más profunda, a la verdadera integración de su esencia como ser.
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Fui el último presidente de la federación ella murió en mis brazos incapaz yo no por ausencia de voluntad sino porque los estados no la querían de revivir sus postreros aliento alimentar sus finales esperanzas o insuflarles un nuevo hálito de vida creo que el pacto de las Naciones hubiera podido sobrevivir con un poco de decisión y las necesarias correcciones pero cada pequeño pueblo cada aldea cada villorrio querían repartirse sus extenuados recursos y hacer su propia voluntad
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Una vorágine de recuerdos pasa por la cabeza del general en el momento de la descarga última. El plomo rompe sus músculos, su sangre encontró salida, las fibras de su cuerpo se retuercen. Los recuerdos pasan a tropel como en una pantalla de cine. En ese diminuto instante inmenso descorre el velo de su vida y lo vemos entrar victorioso en El Salvador, lo escuchamos arengar a sus hombres: indios curarenes y Texíguats que lo acompañaron en sus batallas, oímos el susurro de su voz en la noche conyugal en que le hacía los hijos a Josefa Lastiri, su esposa; percibimos la tímida voz del presbítero José Gabriel del Campo confesándolo minutos antes de dar el primer paso rumbo al paredón donde se ha de encontrar consigo mismo, porque Ala muerte parece ser sólo el reencuentro con nosotros mismos. Uno puede oler la madrugada, envolverse en la pólvora de una escaramuza, cruzar fuego con los conservadores.
El General Morazan Marcha a Batallar desde la Muerte
1. ¿Quienes acompañaban a Francisco Morazan en su marcha al patíbulo siendo prisionero de quinientos josefinos?
-El General Morazán marcha al patíbulo, va a caballo de Cartago a San José, prisionero de quinientos josefinos traidores a la federación. Pero no va solo; lo acompañan su hijo José Francisco y sus amigos más leales: José Antonio Vigil y Vicente Villaseñor, el General José Miguel Saravia.
2. ¿Comó y por qué el general Jose Miguel Saravia muere de esa forma?
-El General José Miguel Saravia, se envenenó ingiriendo medio dracma de estricnina antes de ver muerto a su general. Se negaba la idea de ver como el General Morazan partía de la vida a causa de la manos de traidores.
3. ¿Que contemplaba Morazan en el cuerpo de Villaseñor cuando este había sido ejecutado y que representaban?
-Podía ver en su cuerpo las cicatrices que le había dejado un tiro al brazo durante la batalla del Espíritu Santo, en El Salvador el 6 de abril de 1839, y la otra que le había impedido en el rostro los costarricenses.
4. ¿Para la clase alta de que era culpable Morazan?
-Para la clase alta, Morazan era el culpable de que se pretendiera civilizar a Centroamérica antes de tiempo pero en forma similar era el que había traído a sus territorios la Simiente del orgullo patrio.
5. ¿Cuales eran los pensamientos del General Francisco Morazan respecto a la caída de la separación de la Federación?
-Fui el último presidente de la federación ella murió en mis brazos incapaz yo no por ausencia de voluntad sino porque los estados no la querían de revivir sus postreros aliento alimentar sus finales esperanzas o insuflarles un nuevo hálito de vida creo que el pacto de las Naciones hubiera podido sobrevivir con un poco de decisión y las necesarias correcciones pero cada pequeño pueblo cada aldea cada villorrio querían repartirse sus extenuados recursos y hacer su propia voluntad

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